sábado, 4 de noviembre de 2017

La existencia cristiana desde su origen. Romano Guardini

 LA EXISTENCIA CRISTIANA ORIENTADA DESDE SU ORIGEN
Guardini distingue tres realidades y sentidos que constituyen la textura fundamental de la existencia: la libertad, la gracia y el destino.
5.1. LA LIBERTAD
La libertad es uno de los temas que más ha ocupado la atención de los pensadores existencialistas. A juicio de Angelo Scola: «La reflexión sobre la libertad, a partir de la modernidad, está llamada a hacerse cargo de un dato fundamental: el hombre solamente puede interrogarse sobre su esencia desde el interior de su propia existencia».  Guardini alerta sobre dos falsas interpretaciones respecto a la cuestión de la libertad:
 1.- La interpretación determinista que niega que se dé la libertad. El hombre se encuentra sometido a la necesidad a través de una serie de leyes naturales que se cumplen inexorablemente. 2.- La interpretación absolutista, según la cual la libertad se constituye en autorrespuesta, en ella el hombre usurpa el lugar de Dios. La libertad se convierte en un absoluto dominio de sí.
 «La libertad languidece en una crisis de falta de realidad. Nos encontramos en una cultura que ha convertido la libertad en pura abstracción, privándola de su relación constitutiva con la realidad. La libertad, entendida según los cánones modernos como el emblema del yo, se expresa como aherrojada en su encuentro con lo real. De este modo el hombre pierde la verdad en su nivel más elemental, el definido por el principio adaequatio intelllecctus ei rei. Porque es la res lo que antes que nada se encuentra el sujeto espiritual, y es ella la única que tiene capacidad de poner en funcionamiento el yo mediante su provocación. En este punto, viene muy bien recordar una interesante lección del autor de Libertad, gracia y destino. Romano Guardini describió siempre la existencia como “viviente concreto”, es decir, como realidad que para ser ella misma tiene que ser acogida en sus oposiciones  constitutivas que no pueden resolverse en ninguna síntesis. En esta perspectiva, podemos decir que la libertad, entendida como elemento constitutivo de la existencia del viviente concreto, solo puede existir en su relación polar con la realidad» .
Guardini, siguiendo el esquema polar que define el pensamiento considera que la libertad se articula sobre dos centros: la libertad del acto y el objeto del acto libre.
1.- La libertad del acto. La libertad del acto hace referencia a la manera en que se realiza, el “cómo” del acto. El origen de la acción está en la propia decisión, es la voluntad la que mueve a la acción de la persona haciéndose responsable de lo hecho y de sus consecuencias.
2.- El objeto del acto libre. Este centro pone el acento en el objeto que mueve a la voluntad, el cual se mostrará como conveniente y adecuado en un momento concreto. Sin embargo todo lo que se me presenta como un bien no tienen el mismo valor en cuanto a la realización personal. No todos los actos crean espacios de libertad, muchos de ellos se realizan libremente pero su realización implica un atentado a la propia libertad.
Esta estructura de la libertad que nos presenta Guardini nos permite descubrir la íntima relación existente entre el objeto de la intelección que es la Verdad y el objeto de la voluntad que es el Bien, y que conforman en su unidad la verdadera libertad cuando la persona se orienta a ambos a través del conocer y del querer.
«Por tanto, cuando se habla de libertad no se debe acentuar solo el aspecto de la elección; es necesario ir al objeto de la libertad; y preguntar por el bien que especifica a la voluntad es preguntar por el sentido de la libertad misma. ¿Para qué soy libre? Ciertamente no solo para escoger, y ya, indiferentemente de lo que haga. Ser libre no es ser indiferente. La respuesta no puede ser otra que “para ser enteramente lo que debo de ser, para realizarme como ser auténticamente humano, para llegar a mi fin último” : para unirme a ese Bien absoluto del que todos los bienes particulares no son más que reflejo desteñido. Bienes, en definitiva, que son medios para llegar a poseer el Bien supremo».
En coherencia con su pensamiento, Guardini antepone también en esta cuestión de la libertad el Logos al Ethos. «Lo primero no es la acción, sino el ser; en este caso, el ser personal. De él procede la acción Quien primariamente lleva el carácter de la libertad es el hombre-persona, es decir el hombre que se posee, dueños de sí. La acción libre es la manera como la persona actúa su ser, ordenado a la libertad».
Al igual que ocurre con la Verdad, el Bien trasciende al hombre, aunque en su corazón existe este anhelo de felicidad, que no puede ser saciado por el mismo hombre ni por la naturaleza, sino que le tiene que ser dado como gracia para poder alcanzar esa plenitud moral del hombre orientado hacia el Bien. «R. Guardini afirma que, si bien somos libres en el primer acto de la libertad (la libertad de ejercicio), no lo somos en cuanto al segundo significado de la libertad (la libertad espiritual) porque experimentamos con cuánta dificultad nos adherimos al bien que realmente da sentido a nuestra vida. Muchas cadenas impiden la espontánea y libre adhesión a aquello que concebimos como lo que nos es pertenece en cuanto a hombres libres. Esto es así porque, como se ha dicho, nuestra naturaleza no es completamente “natural”. Una decisión inicial desvió al hombre del bien al que estaba destinado y lo dejó en una situación de extravío en medio de bienes particulares. A partir de entonces la tierra se volvió dura y las relaciones cayeron bajo el yugo de la utilidad individual (Cf. Gn 3,16-17). La unidad del género humano creado para la comunión, se disolvió en una multiplicidad de individualidades cada uno buscando su propio fin particular e inmediato. El hombre orientado naturalmente hacia el otro, se recurva sobre sí mismo y huye de la relación con Dios, por despecho, por superficialidad»
A esto se ha legado como consecuencia de la absoluta seriedad con que Dios se toma la Creación y más en concreto la del ser humano y su libertad, superando visiones anteriores sobre el modo de entender la libertad de la creatura respecto a la de su Creador. Aunque la teología nunca ha dejado de prestar atención a la cuestión de la libertad del hombre, el discurso sobre Dios, a veces, ha incidido excesivamente en la omnipotencia de Dios en detrimento de la libertad del hombre. Como si esta no pudiera poner en peligro los planes de Dios, o como si la libertad del hombre fuera insignificante sin ningún poder de realizar nada decisivo. Guardini estima que esta teología se equivoca en un aspecto importante:  «Si Dios quiso la libertad del hombre “real y honradamente”, y con toda consecuencia, entonces también hubo de admitir que lo querido por Él pudiera ser rehusado. “Si quiso la libertad, también hubo de querer sus consecuencias… Si Dios obstaculizara, las consecuencias de la libertad, le quitaría su seriedad.”» .
 Dios ha confiado al hombre su obra para que él la configure según su libertad creativa. Sólo el ser humano es libre, ya que este fue creado por la llamada personal de Dios que le constituye en el único ser capaz de relacionarse con Él como un tú. Esta relación está marcada por el profundo respeto de Dios a la libertad del hombre. «Cuando Dios llamó al hombre a existir, “quiso ser señor sobre lo libre, no sobre esclavos o instrumentos: de modo que también aceptó lo que de ahí se desprendía”. Si Dios crea, “lo hace en serio y sinceramente, y por tanto acepta las consecuencias que de ello se deduzcan: la posibilidad del mal y de una historia tal y como llega a ser esta en cuanto hay mal».
 Dios sale de sí mismo en la Creación para poner ante sí, una creatura constituida como un “tú”, capaz de responder a su llamada con plena libertad y a quien encomienda su obra para su plena realización. Esta llamada a la existencia por el Amor de Dios, solo puede ser respondida por aquel que es imagen suya a través del amor a Dios y a todo lo creado. El ser humano ontológicamente está referido en esta relación amorosa con Dios. De ello se desprende que «la forma más intensa de la libertad personal es el amor».
Para Guardini, reconocerse como responsable de los propios actos tiene un profundo significado: «La expresión “soy responsable” está llena de contenido. Significa que soy preguntado y debo responder; mejor aún: responderme, es decir, responder de tal manera que en la pregunta entre yo mismo, que sea comprendido por ella».
La responsabilidad está esencialmente referida a su propia verdad, en definitiva a Dios. «Libertad y responsabilidad constituyen la dignidad esencial del hombre». El hombre ante Dios se reconoce como creatura, imagen del propio Dios y por ello, reconoce que su libertad es obra de la libre iniciativa de su Creador.
«La libertad del hombre es creada y como tal se realiza fundamentalmente delante de Dios y en la obediencia a Él , tanto más cuanto que no es solo el Creador del ser sino también el fundamento de la verdad y la raíz del bien, de manera que obedecerle no significa sumisión, sino el simple ejercicio de un derecho. (…) En Dios es en quien se fundamenta mi existencia, de quien procede mi verdad y en quien está el sentido de mi ser».
La libertad y el amor de Dios creó al hombre con capacidad de relacionarse con Él libremente y encomendándole llevar a plenitud su obra: el mundo y su propio ser. Este es el orden de la Creación. Libertad y obediencia a Dios son dos caras de la misma moneda. «Obedecer a Dios significa, en primer término, el reconocimiento de que yo no soy en un sentido absoluto, señor de mí mismo, sino más bien, que la última instancia de mi acción está en Él, pero significa también la superación la superación de mi impropiedad, porque obedeciendo, obro conforme a mi esencia, y por consiguiente, bien entendido, obedeciendo a Dios, me sitúo en mí mismo realmente».
Esta situación primera del Paraíso fue rota por un acto de desobediencia, una profunda falta de amor a Dios que atenta contra la Verdad y al Bien y por ello perturba la relación con Dios, consigo mismo, con el mundo. Este acto libre es capaz de perturbar la historia y la conciencia del propio ser humano en la que se hace presente el engaño, la apariencia y la imposibilidad de relacionarse en comunión con el Creador. La vida del hombre y la historia se configuran como una sucesión de actos libres de la humanidad, en que el bien y el mal, lo justo e injusto, la verdad y la mentira se encuentran confrontados en un estado de desorden y confusión. Manteniéndose en la existencia por la misericordia de Dios, se transforma en un mundo necesitado de redención. Esta redención supondrá una nueva creación y un momento único de encuentro y de reconciliación del hombre con Dios en la persona del Hijo, cuya libertad reside en la absoluta obediencia al Padre. «Para el hombre que cree, ha sido fundada una libertad nueva y definitiva (…) Ahora el hombre por medio de la revelación, consigue sobre la plenitud del ser y de los valores, la verdad  y santidad de Dios. Esta no puede alcanzarla el hombre por sus propias fuerzas; pero se le da en la Revelación como contenido de la vida».
La vida de Cristo muestra al hombre verdaderamente libre en el que la Verdad se manifiesta con claridad. La Verdad radica en su persona, por ello también es el único camino del hombre hacia la libertad y hacia la vida plena: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6). En Cristo reside la auténtica libertad del ser humano, a la que solo se puede acceder incorporándose a Él. «Así conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8,32). «El hombre conquista su libertad en la medida que Dios es libre en él. Se trata de que Cristo que vive y está en el creyente, se manifiesta sin impedimentos. De algún modo la vida de Nuestro Señor es un preludio y símbolo de la libertad cristiana en la medida que el Padre está en el Hijo y quien ve al Hijo ve al Padre. Y en esta suerte de libertad ¿qué tributo debe pagar el hombre? Pues aquel que lo constituye en creyente, esto es, la fe».

5.2. LA GRACIA
La escisión de las distintas ciencias que se producen a partir del siglo XIV, entre ellas la filosofía de la teología, supuso que la labor teológica se centrara en la defensa del carácter gratuito de la gracia. «Esta escisión que entre otras causas, se produjo por la justa preocupación por salvaguardar la gratuidad de la gracia, llevó a la pérdida de la idea de naturaleza como creación y, por tanto, a la de la “unidad” del “plan preestablecido por el Padre. Las consecuencias de esta escisión no han sido nada insignificantes. En este sentido, decía nuestro autor que “el creyente ya no está con su fe en la realidad del mundo, ni tampoco encuentra la realidad del mundo en su fe”».
Guardini pone en alerta sobre la necesidad de recuperar el profundo sentido de la gracia a partir del momento mismo de la Creación, de cómo Dios pensó el hombre y el mundo desde la eternidad, ya que a su juicio «Por salvar la Redención del Hijo, ha abandonado la Creación del Padre» y es tan cierta la sentencia: «el que me ve a Mí, ve al Padre» (Jn 14,9), como «el que no quiere ver al Padre, tampoco me ve a Mí». La Creación del mundo es un acto libérrimo y gratuito de Dios. El mundo no surge como una necesidad de la esencia divina. La existencia del mundo y también nuestra propia existencia no es consecuencia de una necesidad o de un proceso que se conduce ciegamente. Es este sentido, el hombre no puede ser confundido con ningún otro ser viviente concreto, tiene un carácter especial que no puede ser reducido a lo meramente natural, su modo de existir es histórico. «Esto significa, ante todo, que existe como persona; su existencia no viene determinada por la necesidad de una forma esencial que se impone, sino por la libertad, la cual puede, por una parte, completarle y, por otra, extraviarle o echarlo a perder».
Desde esta experiencia de gracia, el hombre descubre su existencia y la del mundo como un don. Cada hombre ha sido elegido y querido desde la eternidad por su Creador y lo ha situado en un mundo en que ambos participan de la bondad de Dios. Tanto el mundo como cada hombre concreto existen por gracia. La existencia de cada hombre está orientada hacia Dios y, a diferencia del resto de la Creación, él es consciente de esta realidad de creatura al ser constituido a imagen de Dios. La efusión del Espíritu divino lo ha constituido en persona, única e irrepetible, capaz de oír la Palabra que se le es dirigida. Una Palabra que le sitúa por pura gracia como señor de todo lo creado para que lo lleve a la perfección, con su libre acción. De este modo la gracia, se presenta como tarea, a través de su obrar el hombre camina hacia Dios que se le hace presente en su propia vida. El don de la libertad dado por Dios al hombre, hace que tanto este como el mundo sean históricos. No son fruto de un proceso necesario sino fruto de la libertad que lo configura. Por ello, la vida de la gracia está sometida siempre a prueba ya que el hombre libremente ha de dirigir su quehacer en consonancia con el plan divino.
Es por ello que la relación del hombre con el resto de la Creación se realiza a través del encuentro con su realidad. «”Encuentro” significa enfrentarse el hombre espiritualmente con las cosas, reconocerlas, valorarlas, jerarquizarlas, tratar con ellas, configurarlas y aun crearlas. En esta tarea desarrolla sus energías, realiza su personalidad, o bien las impide y destruye. Ver, conocer, valorar, significa penetrar en el propio sentido de los acontecimientos, dejarse influir por su verdad y por su valor, y, así, ser formado por ellos. Todo esto puede suceder recta o falsamente, constructiva o destructivamente».
La pretensión del ser humano de considerar que todo lo dado no era fruto de la gratuidad y del amor, sino que le era debido y por tanto le pertenecía, rompe con este estado de gracia. Este usurpar el lugar de Dios, de querer ocupar el lugar de Dios como Señor absoluto y no como señor en quien Dios encomienda su obra, hace que el ser humano y su existencia se sitúe en la mentira y deje de participar de esa relación íntima con la vida divina. El mundo ya no es visto con los ojos de Dios, como lugar de encuentro a través de su realidad, sino como un objeto del que me puedo apoderar para mi propio provecho. El mundo se rebela ante este cambio de perspectiva y se hace hostil. «El Paraíso no es el estado natural del hombre, que todavía no ha crecido hasta el espíritu; ni la proyección del estado infantil a un pasado mítico sino la situación de la existencia, que resultó de estar el hombre en una completa relación de encuentro con Dios. Pero al mismo tiempo, estaba esta existencia, puesta en la prueba. Ella había de decidir si el hombre afirmaba y confirmaba esta relación desde su libertad o, por el contario, la negaba o destruía. La Revelación nos dice que aconteció lo último. Y no por un paso íntimamente necesario desde la existencia natural-inocente a la cultural-adulta; sino por desobediencia al señor del mundo. Así cayó el hombre del estado de gracia, y el desgarrón llegó hasta su vida más íntima»
Es por ello, que a partir de esta ruptura de la situación original del hombre su acción perturbe su propia existencia y la de la historia, oscureciéndose la presencia de Dios tanto en su vida como en el mundo. «Lo que quedó ya no era el hombre puramente natural, sano y perfecto en sí mismo, a quien no hubiera faltado sino esa especial relación a Dios. Puesto que el último sentido del hombre, según el pensamiento del hombre, se cumple solamente en el encuentro con Él, descendió más bajo de la simple naturaleza, convirtiéndole en un ser inexplicable por ninguna categoría, confuso y sembrador de confusión, en rebeldía contra Dios y en contradicción consigo mismo. Y este hombre es el que, desde entonces, fue haciendo la historia, abocada a la ruina y a la desesperación, castigo y satisfacción al mismo tiempo que el pecado. Pero la Revelación nos dice que Dios volvió de nuevo al mundo y tornó a llamar al hombre».
La pérdida de la gracia supondría la aniquilación total de la persona, sin embargo Dios no permite que esto ocurra sino que le mantiene en le existencia prometiéndole rescatarle de esta situación, es la promesa de su Redención lo que supone una recreación del hombre para que pueda alcanzar su plenitud. La Revelación de Dios va preparando al hombre para este hecho que acontecerá tanto en la historia como en la existencia particular de cada hombre en la persona de Cristo. «Si ahora nos situamos explícitamente dentro de la Revelación, nos daremos cuenta que Dios se da gratuitamente al hombre para que este consiga su plenitud y sea introducido en la misma vida de Dios. En el acontecimiento singular de Cristo contemplamos la realidad total e inefable entre la reciprocidad entre Dios y el hombre y la del plan originario que Dios tenía de la creación. El hombre reconoce en Cristo la posibilidad de conseguir su propia realización, es decir de ser introducido en la experiencia de la filiación divina».
En Cristo, el hombre es elevado de su condición de creatura a la de hijo de Dios. La existencia del cristiano se realiza desde esta nueva perspectiva la de Dios que le ve como hijo suyo por su incorporación a Cristo.

 5.3. DESTINO
El destino es lo que aparece ante el hombre cuando se pregunta ¿por qué existo en vez de no existir? De esta pregunta surge la idea en el hombre de que su vida no puede ser adaptarse sin más a lo cotidiano, sino que su obrar tiene una dirección, un sentido que no le es indiferente. El hombre quiere que su libertad responda a un “por qué”, es por ello que cuando se habla de destino, despierte en el hombre la idea de que el sentido y la finalidad de su ser y de su libertad ha de ir más allá de la simple monotonía de lo cotidiano, más allá que se cierra sobre su repetición e indolencia, su fatiga y su ausencia de horizonte.
Este carácter de interpelación que tiene el pensar sobre la existencia y el destino lo expresa Guardini del siguiente modo: «Cuando pronuncio la palabra “destino”, siento que lo que ella significa me toca muy de cerca, pero también que viene muy de lejos. Me pertenece como mi propiedad más íntima, pero, al mismo tiempo, me es extraño. Lo conozco por una participación entrañable en su sentido; pero cuando pretendo asirlo se resbala de mi mano curiosa. Se dirige precisamente a mí, pero trae de lejos muy profundas raíces; es en el fondo, la totalidad de la existencia en general. Es lo más personal, en lo que estoy yo totalmente solo, aislado, insustituible; y al mismo tiempo es lo que me liga con todo».
De aquí se desprenden dos aspectos importantes, el carácter personal de la vivencia del destino y que es aquello que une a la persona con la totalidad. Para Guardini solo se puede hablar propiamente de destino, cuando hablamos de la persona. Solo el hombre tiene ese deseo profundo de dar una orientación a su vida y constituirla como una tarea. Una tarea que nadie puede realizar por mí, en donde se expresa mi yo, mi carácter único e irrepetible. «Destino es, por consiguiente, la realidad simplemente en cuanto referida a mí».
Esta realidad referida a mí, que constituye mi destino se muestra formada por tres elementos: la necesidad, los hechos y lo casual (“el acaso”).
 a) La necesidad, que constituye nuestra experiencia de lo inmutable, lo inevitable y forzoso. Son las leyes de la naturaleza, del ser, del pensar y del obrar que tienen un carácter de inviolabilidad que hacen posible y ordenan nuestra existencia. El hombre está sometido a estas leyes como parte de la totalidad que es el mundo. El mundo no es un lugar caprichoso, al arbitrio de un ser superior que cada día cambia su modo de existir, no es un caos, ni un sinsentido, sino una realidad ordenada. El ser humano vive confiado en la inmutabilidad de este orden, así cada mañana confía en que el sol saldrá por el este y se pondrá por el oeste, que seguirá sometido a la fuerza de la gravedad o que se podrá seguir comunicando con los otros a través de las lógica en el lenguaje.
b) Los hechos. Son todo aquello que una vez que han acaecido, no pueden dejar de haber sucedido. Son fruto de la acción libre de quien los ejecuta, pero una vez realizados, sus consecuencias son inevitables. Estos hechos se van acumulando en el tiempo, tanto en nuestra propia historia personal, como en la historia del mundo de la que soy también responsable.
 c) Lo casual, “el acaso”. Es un carácter especial de cómo se percibe algún hecho. Al no poder fundamentarse ni en la necesidad de las cosas, ni en la acción libre, el “acaso” absoluto no existe, es más bien una percepción que la persona no puede ignorar.
Según Guardini:«Esta experiencia dice relación al ámbito vial del sujeto, y se da de hecho cuando en él surge algo no controlado en la trama de nuestra vida, por ejemplo un encuentro» .
El ser viviente-concreto que se descubre como existente busca las respuestas en estos elementos del destino. O su existencia surge de la necesidad: de un proceso evolutivo de la materia o del espíritu (materialismos e idealismos), o de la casualidad como un producto fruto del azar con una bajísima probabilidad de que llegue existir, o como obra pensada y realizada desde la libertad. No obstante todos estos elementos del destino se constatan en el ser personal ya que está sometido a leyes, ejecuta hechos y en ella acaecen distintos azares. Buscar una comprensión de por qué me sucede esto precisamente a mí o de por qué puedo y tengo que ser yo el que soy, despiertan según Guardini: «la sospecha de que en el destino hay algo misterioso. Con ello no se alude a un problema todavía no solucionado, quizá insoluble, sino al misterio como causalidad del ser, a lo numinoso».
Esta experiencia del destino como algo misterioso supone la entrada del ser humano en el ámbito de lo sagrado. El hombre se encuentra ante el Misterio, y esto no implica necesariamente el reconocimiento de un Dios personal trascendente. El Misterio designa una actitud religiosa ante lo absolutamente superior o trascendente y al mismo tiempo ante su presencia activa en medio de todo, su inmanencia y su intervención en el mundo y en la vida del ser humano.
Esta experiencia del destino aún resulta confusa para el hombre. «La conciencia del destino descansa sobre la experiencia de un orden y una sabiduría definitivamente valederos; pero también en la experiencia de una actitud opuesta, en la que el destino aparece arbitrario, dañino, ciego y sin sentido. (…) Aquí el hombre se siente en peligro. (…) En el más profundo fondo de la experiencia del destino parece yacer todavía algo más oscuro, el sentimiento de un absurdo, de lo satánico. Esto se expresa en las distintas religiones (…) Es malo, frío, sin corazón y vacío; pero como un “otro” que pertenece al ámbito religioso; ciertamente en el mal sentido, de manera que todo culto a él supondría una perversión. Qué signifique este elemento, no se deduce claro de sí mismo. Está en la confusión del ser, se mezcla con el bien, se oculta tras lo que tiene sentido. Su ser propio lo pone en claro por primera vez la Revelación y, de una manera definitiva, Cristo».
El hecho de la Revelación modifica totalmente la experiencia del destino «Tan pronto como el hombre cree en Cristo, es trasladado de la ordenación de su ser por el destino a la ordenación por la providencia. Es introducido por la gracia en la relación existente entre el Padre y el Hijo».
Ante la Revelación el hombre ha de posicionarse y esta respuesta tiene que ser personal, no se puede confundir con una respuesta colectiva sobre el carácter sagrado de la realidad, es aquella decisión en la que el hombre concreto pone todo su ser y existir en manos de Aquel en el que se deposita la confianza. «.A través de lo sagrado, el hombre descubre que él no se comprende a sí mismo por sí mismo, descubre que él ha sido engendrado. La crisis religiosa es debida esencialmente a una crisis de la filiación que explica que el hombre ha perdido la nostalgia de su origen religioso. (…) Esta experiencia religiosa llamada “natural” conlleva teológicamente la idea de creación, y filosóficamente la de lo no racional y lo no absurdo. La fe es la misma experiencia desde el punto de vista fenoménico, más personal, es un reencuentro personal.
Para Guardini, en la persona divino-humana de Cristo coincide Dios y el hombre, pues en él se realiza el reencuentro más pleno entre Dios y el hombre. Dicho de otra manera, la fe no es encontrarse con un Dogma (con un corpus de doctrinas y de verdades en que creer), ni encontrarse con una Moral (con un conjunto de cosas que hacer), ella es un reencuentro (donde se da la experiencia de una relación. Ella es también un Dogma y una Moral pero solamente en el marco de una organización religiosa comunitaria.».
Este reencuentro entre Dios y el hombre en Cristo supone una nueva forma de existencia, la de la existencia redimida. «La actitud del destino pertenece al hombre irredento, constituye acaso su más profunda expresión, así se encuentra al principio como actitud del “hombre viejo” (Ef. 4,22); también en el creyente. Pero luego viene lo que el Nuevo Testamento llama “la inserción en el Hijo”, la “admisión a la filiación divina” (Gal 4,5). Y esto no significa un mero acogerse o confiarse a Dios, sino una nueva forma de existencia, junto con la fuerza para realizarla. En la medida en que se realiza, “desaparece el hombre viejo” y “aparece el nuevo”. Y esto sucede en todo acto auténtico de la vida cristiana; el destino se convierte en Providencia».
De este modo, frente al poder incomprensible, impersonal, terrible y todopoderoso del destino, en Cristo se manifiesta la persona del Padre y de su Providencia divina. La Providencia es definida por Guardini como una acción ininterrumpida de Dios. «Consiste, ante todo, en la conducción del mundo, la cual enlaza entre sí los acontecimientos de la naturaleza, y la historia, tanto individual como colectiva. (…) Referida a Cristo, y por Él, corre una nueva historia, y la Providencia es la manera en que Dios la guía. Ella se encamina a la realización de su reino y a la creación del nuevo mundo nuevo y santo. En esta acción Dios llama al hombre hacia dentro y en ella promete una nueva conducción de vida».
La Providencia es el conjunto de acciones por las que Dios hace presente su reino, que lleva implícita para el hombre una llamada a la conversión. Esta conversión, es un regreso o vuelta al Padre solo es posible por Aquel que es el único camino: Cristo en cuya persona se reencuentran de modo definitivo Dios y el hombre, en la obediencia libre y plena del Hijo a la voluntad del Padre. «No olvidemos que la primera palabra de la predicación de Jesús dice así: “El Reino de Dios –es decir, el orden existencial de la salvación– está cerca”. Pero después se dice: “Arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15). Este “arrepentíos” es una exigencia cuya trascendencia no resulta perceptible sino poco a poco».
En este sí a la persona de Cristo en que nuestra existencia como totalidad se incorpora a la Totalidad que es Dios, es donde cobra sentido las palabras del propio Cristo que tanto hicieron pensar a Guardini y que le condujeron a su conversión. “Quien quiera conservar su alma la perderá, quién la dé la salvará” (Mt 10, 39).
Poner la existencia en manos de la Providencia divina, es vivir en Cristo, dejarse llenar por el Espíritu de Dios que ensancha el espíritu finito para hacer morada en mí, para guiar la propia existencia en la construcción del Reino de Dios, donde Él se manifiesta como Señor de mi existencia y de la Historia.

Cuadro de texto: Para ayudarnos en la lectura y tener un hilo conductor en la plática del Consejo Técnico te invitamos a responder estas preguntas y compartirlas con nosotros al siguiente email: pastoraleducativajagp@jagp.edu.mx

1. ¿Cuál es el aporte sobre la libertad que hace Romano Guardini? Y ¿Qué opinas?
2. ¿De qué manera el concepto de gracia nos ayuda a tener una visión cristiana de la vida?
3. ¿Cuál es tu opinión sobre la idea de Destino que nos plantea el autor?

Muchas gracias Bendiciones.
 

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